CRÍTICAS

El milagro de la carne

El comisario Ovidio Vázquez (Cali Mallo) está impaciente. Recibe a cada uno de los invitados, los saluda y los hace a pasar. La fiesta de la santa patrona es el contexto de un hecho que tiene a todos expectantes: en cualquier momento llega la especialista desde Buenos Aires, ella constatará si realmente la imagen que se manifestó en uno de los churrascos de la carnicería de Goyo es la de Cristo.

 

Hay música, baile, luces de colores, guirnaldas, comida: sin duda el pueblo está de festejo. Y todos somos parte del evento. Los actores se mueven entre los espectadores, nos interpelan directamente, nos hacen sentir dentro de su universo. Los habitantes de este lugar –que recuerda a algún pueblito del interior- están entusiasmados porque, ni bien confirmen que están frente a un suceso milagroso, dejarán de ser invisibles. ¿Invisibles para quién? Para el resto del país, claro. Las escenas bordean lo absurdo, el humor es el código implícito de toda la obra. Pero también está la tristeza, mucho más sutil en el texto, que se puede leer en el deseo ansioso que tienen esas personas de que el mundo sepa que existen.

 

Ovidio pisa fuerte cuando camina y acentúa bien sus palabras cuando habla, sabe muy bien que el lenguaje corporal lo ayuda a imponer más autoridad. En realidad, también, está asustado. Cuando -gracias a Cé (Gisela Corsello)- aparece la posibilidad de que Cristo no sea el que se manifestó en la carne –y sea otro- se pone más violento. En una de las conversaciones que tiene con la profesora Báez (Sandra Martínez) termina de exponer sus miedos, y suelta frases como que gracias a la imagen milagrosa van a empezar a formar parte de esa “puta provincia”.

 

Prosperina (Marta Cosentino), la esposa del carnicero, es una especie de guardiana de la carne. Ella es la encargada de proteger lo que sienten que es la única oportunidad de pasar a la historia: el “churrasco milagroso”. Y por ese afán de ser reconocidos es que están tan pendientes de Margot (Natalia Urbano), la periodista que vino a cubrir el acontecimiento. Imago, escrita y dirigida por Ana Laura López, con su estética de provincia y diálogos desopilantes, es el relato de un pueblo olvidado y del intento desesperado de sus habitantes para dejar de serlo.

 

María Sastre.

Revista En escena

revistaenescena.com.ar

IMAGO, un pueblo ideal

En una fiesta de pueblo, donde distintos personajes confluyen atraídos por el rumor de un milagro, se desarrolla la obra Imago. Todo sucede en una noche en la que los ánimos están exaltados por la noticia de una aparición divina, y mientras esperan la llegada de la profesora Báez (Sandra Martínez), una profesional de la Capital que corroborará el fenómeno, los curiosos también se van acercando.

 

Así, Ovidio, el comisario del pueblo, brillantemente interpretado por Cali Mallo, oficia de anfitrión en un club de barrio que recuerda a la atmósfera que Campanella retrató en Luna de Avellaneda. Prosperina (Marta Cosentino), la esposa del carnicero que tuvo el privilegio de ser quien vio por primera vez la imagen de Jesús en un churrasco, es la encargada de custodiar celosamente el corte de carne. El pueblo vive una revolución, finalmente algo ocurrió, algo tan potente y sobrenatural que lo pondrá en el mapa de las atracciones turísticas de la provincia de Buenos Aires. O al menos eso esperan.

 

Pero mientras todo es risas y jolgorio, presencias malignas acechan el milagro de Dios. Una muchacha llamada Cé (Gisela Corsello) desconocida por todos pero sumamente atractiva para el comisario, traerá un huracán de sospechas. Y Margot (Natalia Urbano), una periodista vegetariana, se las ingeniará para que los vecinos confíen ciegamente en ella, aún cuando sus principios pro vida animal no tengan mucho que ver con el espíritu del pueblo.

 

En Imago todos hacen esfuerzos sobrehumanos por aferrarse a algo en que creer. Bajo la dirección de Ana Laura López -que combinó una puesta en escena donde el espectador es casi un invitado más a la fiesta-, se conjugan distintas personalidades que resultan atraídas por la misma fascinación, aunque cada uno tenga motivos diferentes. Hay un poco de ingenuidad en todos los personajes, pero también maldad, como si no fuera posible ser absolutamente una u otra cosa. Y es que no lo es. En Imago nadie es lo que parece.

 

Estefanía Iñiguez.

Conductora de “Gordas putas”

CicloP Radio (www.ciclopradio.com.ar)